Nací en el campo

La periodista ciudadana es de la época en que las cosechadoras se denominaban trilladoras y los “pequeños productores rurales” eran chacareros. “No representamos a los pool de siembra, ni a las grandes empresas agropecuarias”, asegura desde Oncativo y señala que se propone contar “la lucha del campo desde el alma”.

Marta Lancioni (Oncativo)

Soy una pequeña productora agropecuaria del interior de Córdoba y participo activamente del paro agropecuario y hoy quiero contarles qué hay debajo de nuestra lucha, para que aquellos que no conocen el campo puedan entenderlo y, ojalá, apoyarnos.

Nací en el campo, en una familia de chacareros, hoy nos dicen “pequeños productores agropecuarios”, pero yo me siento orgullosa de mis orígenes “chacareros”. Siento la necesidad de explicarles de donde vengo para que sientan cuál es la esencia del hombre de campo: yo recuerdo a mis abuelos, esos italianos que sólo sabían del trabajo de sol a sol. Los recuerdo con esa edad indefinida que se consigue con un rostro curtido por el frío y por el sol. Nunca parecían ni jóvenes ni viejos, sólo eran “hombres de campo”. Pero tenían la ilusión y la esperanza que da el saber que su rudo trabajo traía a su familia progreso y un futuro mejor que el que ellos tenían en su tierra natal.

Yo tuve la bendita suerte de tener un padre que me enseñó a amar la tierra. Cuando era muy pequeña solía llevarme con él en la “trilladora” de maní (esa a la que hoy le decimos “cosechadora”). Para mí, era toda una aventura, aunque al cabo de un rato estuviéramos los dos envueltos en una densa nube de tierra que nos impedía vernos las caras. A su lado y en cada trabajo que el realizaba yo estaba ahí, viéndolo, mamando su amor por el trabajo. Llena de alegría lo vi comprar lentamente y con enorme esfuerzo cada pedazo de campo que ya trabajaba y fue increíble la emoción cuando pudo pagar la hipoteca del Banco Nación y transformarse en el “dueño” de ese pequeños campo de 156 has que ante mis ojos de niña era enorme.

Ser propietario le dio orgullo y la tranquilidad de saber que el futuro de sus hijos estaba asegurado: tenían un pedazo de tierra para trabajar y ganarse el pan. Muy joven me casé y me fui a vivir a la ciudad, tuve 5 hijos y cuando mis padres se fueron de mi lado decidí volver en busca de mis raíces, de mis orígenes, y enseguida me di cuenta de que había encontrado mi lugar en la vida: el campo.

A mi me correspondieron 64 hectáreas y así fue como me convertí en una pequeña productora agropecuaria.

En esta dura pero hermosa aventura de trabajar la tierra me apoyó toda mi familia. Siempre los escucho hablar de cómo dejaron de disfrutar del clima, de cómo miran el cielo con preocupación o alivio, con cada lluvia, con cada tormenta. “Mamá, ¿es bueno que llueva o no tiene que llover?” es la pregunta frecuenta en nuestras charlas por teléfono. Porque en el campo la lluvia no es sólo lluvia, es pérdida o ganancia en gran escala. Y hay que tener un alma especial para saber que la economía familiar muchas veces pende de lo que pasa en el cielo.

Uno de mis hijos, con sólo 13 años, se puso a mi lado para recorrer este loco camino de ser productor en el campo. Mil anécdotas se acumulan en mi mente y todas surgen como si las estuviera viviendo hoy, siempre digo “¡Cuántos caminos recorrimos juntos!”

Muy pronto me di cuenta que con esas pocas hectáreas no podríamos subsistir y salimos a arrendar. Fue muy difícil ¡Quien iba a confiar en una mujer y en un jovencito!, pero algunos nos creyeron y así empezamos, con una vieja Ford F100 que ni calefacción tenía así que en invierno viajábamos tapados con una frazada y en verano debíamos bajar los vidrios por el intenso calor, y entonces la tierra del camino y la tierra que había en la cabina eran la misma. O nos moríamos de calor o nos ahogábamos en tierra.

¡Cuánta lucha, cuánto esfuerzo, cuánto trabajo! A veces nos preguntan “¿con qué personal cuentan?” Y con mi hijos nos miramos, sonreímos y decimos: “A veces yo soy el peón, y veces es él”.

Nosotros no representamos a los pool de siembra, ni a las grandes empresas agropecuarias. Cuando en medio de la protesta un periodista me hizo una nota le dije que éramos “una raza en vías de extinción”, frase que apareció un día en mi mente como síntesis de una realidad que ya nos golpeaba muy duramente y que hoy es una realidad aplastante, asfixiante. Ya no importa cuánto más pueda pelear, ni cuanto me resista, el gobierno hace muchos años decretó que yo desaparezca, que los pequeños productores no debemos estar más en el campo.

Pero ¡Qué sabe el ministro de turno! Que sabe cuánto sol y cuanto frío han “chupado” mis padres y mis abuelos para que el campo siguiera en nuestra familia, cuánta tierra llevo yo a acumulada en mi piel, ya curtida y de una edad indefinida como la de mis padres. ¿Sabrá el gobierno cuantas noches de insomnio pasa el pequeño productor cuando hace las cuentas y éstas no dan? Las volvemos a hacer una y mil veces tratando de encontrar el error y el error no está. Cuantos proyectos e ilusiones se llevan cada nueva retención y van… ya perdí la cuenta en estos pocos años. Porque no se engañen, no se trata de quitarles ganancias a “esos gringos ricos”, se trata de que a miles de productores como yo les será inviable mantenerse en la actividad, e “inviable” significa que trabajaremos sin ganancias o tendremos que vender los campos o alquilarlos.

Me absorbe la angustia y pienso: ¡Que será del futuro de mi hijo que no afloja a mi lado y aún tiene esperanzas!, ¡Qué será de mi familia”! que no sólo vive el campo como medio de trabajo sino también como forma de ser, de sentir. Yo quiero mantener el campo que hace 75 años está en mi familia, quiero que mi hijo sienta el mismo orgullo que mi abuelo y mi padre: ser un “pequeño productor agropecuario”

Pero el gobierno decidió que no. El Ministro de Economía y el Ministro de Agricultura no conocen el campo, no saben del gusto que tiene la tierra, que en los días de viento se nos mete en la boca sin permiso. No sabe que el hombre de campo tiene sus raíces, su esencia arraigas en forma muy profunda al pedazo de tierra que le pertenece. Lo respeta, lo aguanta, lo ama, en las buenas y en las malas.

En este paro se decide el futuro de muchos jóvenes que se quedaron a producir alimentos para que usted, Señora Presidenta, pueda exportar y pagar la deuda externa, y ufanarse de eso. Para que, con nuestro esfuerzo, usted alimente al conurbano bonaerense y sume votos baratos. ¡Y encima nos llame “insensibles”!

Vamos a luchar con la fuerza que da la injusticia y la bronca que nos produce que en forma brutal y descarada quieran despojarnos de lo nuestro. Para que se pongan en nuestro lugar piensen que este “socio” nuestro que es el Estado está sólo en las buenas: no participa de las pérdidas que originan las plagas, la sequía, el granizo, el aumento del precio del transporte, de los fertilizantes, la baja de precios, etc. Solo aparece, cuál usurero de pueblo, a cobrar cuando el trabajo ya está terminado, los gastos hechos y las deudas asumidas. Aparece para decir que decidió, arbitrariamente, que la mitad de los camiones que yo entrego van derechito a su bolsillo.

Escribí esta nota porque querían que supieran el trasfondo de la situación, para que comprendieran porque el hombre de campo reaccionó como lo hizo, porque defendemos con uñas y dientes la tierra que nos pertenece y el futuro que nos ganamos. Y para que reflexionen que esta lucha es por el bien de todos. Sería bueno que el Estado entendiera que no puede, unilateral y dictatorialmente, decidir, sin discusión alguna, tomar medidas de esta magnitud y sería hora, señores legisladores, que nos “representaran” como corresponde, para eso los elegimos.

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